Jueves, 9 de Febrero de 2012

 

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Editorial |
Septiembre 2 de 2010

La guerra entre pandillas

El Gobernador de Antioquia propuso la declaratoria del Estado de Conmoción Interior en esa ciudad, como una medida desesperada para enfrentar la violencia desbordada causada por la guerra entre pandillas al servicio del narcotráfico y bandas criminales, mientras en Neiva las autoridades permanecen de espaldas a un problema que crece de manera alarmante y que podría llegar a niveles también incontrolables, alimentado por los intereses desestabilizadores de la guerrilla.

Sin duda, al igual que en ciudades como Medellín y Cali, el aumento de las muertes violentas ocasionadas por las pandillas en Neiva, así como por el incremento de los enfrentamientos entre ellas, reclama la acción de las autoridades. Pero la solución no está sólo en el uso de la fuerza y la represión.

Si se quiere acabar el fenómeno de las pandillas hay que entenderlo primero como un hecho que no es exclusivamente criminal, y tiene un trasfondo social que reclama medidas diferentes para enfrentarlo.
Neiva tiene en las pandillas de Medellín y otras ciudades, el ejemplo de un fenómeno social que desafía a las instituciones y amenaza ya la convivencia. Son organizaciones que surgen cuando la sociedad se empecina en desconocer las consecuencias de no ofrecer oportunidades, educación, empleo y salud a los conglomerados que crecen en los cinturones de miseria.

En ese espejo debe mirarse Neiva, para comprender los grupos que proliferan aquí y cómo debe enfrentarlos. Cuando se revisa la organización social de la ciudad, y la forma en que crece la marginalidad, no es difícil encontrar los causantes de las pandillas. Están en zonas donde sobran los problemas y escasean las oportunidades para tener una vida digna, y donde la presencia del Estado es precaria.
Allí se cultiva la resistencia y se crea un mundo aislado, integrado por personas que bajo el espíritu gregario propio de los seres humanos conforman guetos y asociaciones, las pandillas, que desconocen la ley y no responden a los propósitos de una sociedad organizada. Es el Estado paralelo que reemplaza al formal porque éste es incapaz de reconocerlos en su cultura, en sus diferencias, y no entiende sus necesidades.

Bajo esa perspectiva, el de las pandillas no es problema sólo de Policía y judicialización. Y es consecuencia de una sociedad impotente para absorber la enorme inmigración que genera la pobreza. Por eso junto a la represión y el castigo, deben aparecer la educación y las oportunidades. Cuando se entienden las pandillas en su contexto social y cultural, se descubre también por qué es necesaria la ayuda de la Nación ante la incapacidad del Municipio para resolver la crisis social de Neiva.

Sabemos y reconocemos los esfuerzos que se han venido haciendo por parte de la Policía Nacional y la Alcaldía para controlar este problema y para desarrollar un trabajo social con los jóvenes en riesgo de convertirse en pandilleros, pero las soluciones van mucho más allá de poner en marcha eventos deportivos o de dictar algunas charlas.

Las soluciones pasan por el nivel nacional con la modificación de las normas que no castigan sino que estimulan la criminalidad juvenil e infantil, complementada con una reorientación en la educación colombiana para que se preocupe más por la transmisión de valores, la reducción de la violencia intrafamiliar y la generación de oportunidades de educación y empleo para los niños y jóvenes de escasos recursos económicos.

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