Jueves, 9 de Febrero de 2012

 

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Columnistas |
Septiembre 4 de 2010

¡Qué siga el toro!

Ernesto Cabrera Tejada

No soy partidaria del sufrimiento animal, pero entiendo el contexto socio cultural en cuanto a la tauromaquia, mucho menos soy partidario del sufrimiento humano y no entiendo la apatía, egoísmo y pasividad de muchos. Por ello, la polémica de las corridas de toros seguirá abierta un buen rato así el estado haya retardado su emancipación.
El toro de lidia, protagonista de la fiesta brava, es, por tanto, una realidad en la ganadería colombiana. Es una actividad económica consolidada y sus criadores son tan ganaderos como los de leche y carne.
El día que prohíban las fiestas de los toros, ese día desaparece el toro de lidia. Me encantó de Mario Fernández de Córdova un excelso poeta de los toros esta página que contagia y con gusto comparto en apartes.
“Me llamo 'Toro de Lidia'. Dicen que soy uno de los animales más bellos del planeta, que estoy enamorado de la luna y que el orgullo animal se encarama en mis astas. Lo que digan los poetas y cantantes es lo de menos. Mis antepasados toros bravos tenemos carácter y bastante afición a pegar cornadas a todo lo que se mueve. No somos corderitos. Lo verdaderamente importante es que mi raza sobrevive gracias a las corridas de toros. Se trata de una ley económica elemental: la demanda crea la oferta; mientras haya afición taurina, habrá toros de lidia. Si no, seremos exterminados por completo.

He vivido mi infancia y juventud espléndidamente. Me duele saber que otros animales salvajes viven enjaulados en los parques zoológicos. Y me dan ataques de claustrofobia cada vez que pienso en los animales de granja estabulados (cerdos, pavos, pollos, etc.). Toda una "vida" mirando un metro cuadrado de suelo, esperando el día en que, hacinados en camiones, sean llevados al matadero,sin posibilidad de ser indultados tras hacer una pelea con bravura.  O esos perros y gatos encerrados casi todo el día en un piso, y habitualmente castrados para que el dueño esté más tranquilo. Encerrados y castrados. ¡Eso sí que es tortura!”
La fiesta brava, donde el torero se mueve con gracia en la arena, donde la muerte se siente y la necesidad del hombre por ser superior a la “bestia” es indiscutible, haciendo honor a la etimología de la palabra tauromaquia: la lucha contra el toro, donde quien queda de pie, a manera de la antigua arena romana, es el afortunado vencedor y quien conserva la vida.

Arte o deporte, como lo quieran ver, en el fútbol también se incluye dolor y el arte de las tragedias griegas también tolera dolencia. Algunos ecologistas desvirtúan cualquier posibilidad incluso antes de verificar las torturas  diarias que trae el hambre, la falta de trabajo, la desprotección, acaso vale la pena sentarse a incluir la solución del animal antes que la del ser.
Por fortuna la faena sigue y seguimos la apoteósica lidia en tauromaquia, como espectáculo de distracción y recreación y como el poeta Fernández de Córdova seguirán a la espera de las tardes de color, arena y sangre sólo con la intensión de escribir para no olvidar. Y que viva por siempre el arte de cuchares.
 

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