Por: Orlando Mosquera Botello.
En 1967, tuve la oportunidad de conocer una bella finca en Gigante llamada San Antonio. Mi padre quería comprarla y nos llevó a todos los de la casa para que diéramos un concepto de ella. Contaba con unos ahorros, cupo bancario y la posibilidad de vender la suya, resultado que le permitía comprar una mejor. Don Jorge Lara Trujillo que siempre lo fio, lo había animado y contactado con su dueño.
Partimos un domingo a las cuatro de la mañana en medio de torrencial aguacero, que solo moderó en la proximidad de dicha población. Quien buscábamos vivía en una casona frente al parque donde los giganteños erigieron un monumento a Monseñor Ismael Perdomo Borrero, vivienda vecina a la de Anita Borrero.
Tras golpear fuerte con una aldaba a manera de mano, apareció una señora simpática, bajita, gordita, blanca, canosa y algo agitada, que pronunciaba el español con acento extranjero. Nos anunció que el dueño de la finca había partido temprano, pero que estaba atento a nuestra llegada. “Ya doy razón”, fue lo único que dijo al tiempo que se colocaba una balaca blanca, ancha y elástica. Se llamaba Margarita.
Me pidió que la acompañara al patio para que le diera la mano, pues tenía que subirse a una peaña para izar una bandera blanca, utilizando como astil el tubo de la antena del televisor. Cuando enarboló la insignia -si la podemos llamar así-, sonrió y me dijo que desde San Antonio se podía divisar y que tenía como mensaje la necesidad de su presencia en casa. Como a los veinte minutos apareció el finquero, si la memoria no me falla, en un Nissan Patrol gris.
Era delgado, cano, y de piel rojiza lastimada por el sol. Tenía ojos claros, mirada escrutadora, nariz recta y cierto rasgo de aristócrata, aunque a leguas por su forma de vestir y manos curtidas, se notaba que era hombre dedicado al campo.
Su pronunciación fue menos clara que la de Margarita y me dio la sensación que poco quería que se supiera su nombre. Casi no movía los labios al hablar. Cuando me pasó la mano al presentarse, sentí en la mía una tenaza; subimos al carro para recorrer pocos kilómetros al sur por la carretera central, hasta encontrar una puerta metálica de color rojo a mano derecha.
Tras corto y leve descenso llegamos a la vega del río, el cual pasamos en tarabita. Nos ofrecieron canoa pero la experiencia de salvarlo en silla colgante pesó más. Uno a uno fuimos pasando sin dejar de sentir cierto culillo, palabra de moda entonces en el argot juvenil. El río estaba guatudo y a los pies de una labranza fuimos a parar; con tenis embarrados y atentos a cualquier recomendación del anfitrión.
Finca y sorpresa
A cierta altura estaba la casa bien terminada, techada con zinc y cobijada por frondosos árboles. Exhibía un corredor frentero ancho, paredes, gradas y piso en madera. Tenía muebles sencillos y una baranda con soportes en “X”. Todo lucía de color natural y desde luego con el aroma dulzón inconfundible del cedro.
Mi padre llamaba al anfitrión “míster”, hasta que el señor un poco molesto le dijo que él no era “míster”, sino “Alemán”. Yo de metido le pregunté su nombre y mirándome fijamente dijo en forma seca:
-“Erick”.
– ¿Erick qué?
–Ribbentrop.
-¿Cómo?
-Ribbentrop.
Cuando pronunció su apellido lo hizo con cierta sonoridad grave y tono bajo. Con la velocidad del rayo y a esa edad, recordé mi lección de historia en clase del profesor Zuleta, que nos exigía llevar el texto de Historia Universal de Barrios y Astolfi. No sé qué cara hice; imagino que mi fruncido fue tan fuerte que de inmediato agregó: -¿Por qué?
–“Porque sé quien fue Von Ribbentrop, el Ministro del Exterior de Hitler”.
Esta vez sonrió e inclinó su cabeza con humildad para decir lo siguiente: “Primos”.
Llegué a pensar que lo podía ser y que estaba allí escondido, a pesar de señalar los historiadores, que Ribbentrop fue condenado a muerte en Núremberg por un tribunal internacional en 1946. Veinte años atrás se había acabado la II-Guerra Mundial y aún se especulaba que varios amigos de Hitler se habían refugiado en América Latina.
Joachim von Ribbentrop nació en 1893 en Wesel y su padre fue oficial de carrera. Después de tomar parte en la Primera Guerra Mundial, asumió la representación de una firma productora de champaña. Ingreso en el NSDAP en 1930. En 1934 fue nombrado delegado para los problemas del rearme y en 1935 firmó como embajador extraordinario el tratado naval germano-británico. En agosto de 1936, fue designado embajador en Londres y a partir del 4 de febrero de 1938, ocupó el cargo de Ministro del Exterior.
Me explicó que el nombre del ministro era solo Joachim Ribbentrop y que el Von era una palabra que se anteponía a un apellido para indicar nobleza o ascendencia ilustre; enfatizando que se pronunciaba “fon”. A partir de ese momento me di cuenta que poco me quitaba la mirada, pues lo hacía de soslayo o como se dice popularmente, “por el rabo del ojo”. Yo seguí tranquilo riendo para mis adentros, pensando que sin querer había creado cierta incomodidad y que al llegar a casa, mi padre me dijera lo de siempre: “sea prudente hijo, calcule lo que dice, piense para hablar”; algo casi imposible cuando uno tiene 14 años, como en este caso.
La labranza era grande y bella, la plenitud de su sombrío espectacular. ¿Qué árbol no es frondoso a la orilla de un río y más del Magdalena? Era una franja de tierra negra más bien angosta pero larga; pues estaba ubicada a los pies del cerro de Matambo. No sobra decir que la mazorca del cacao era inmensa y de color intenso.
Tenía la finca un anclaje espectacular con dos motobombas inmensas, obra que desafiaba la fuerza del río. El corral de madera acerrada e inmunizada, estaba ubicado en la corona de una pequeña meseta poco más elevada que el área de la casa. El resto era ladera cada vez más empinada, pues la finca se prolongaba hasta la cima del cerro en forma lanceada.
Erick sin ufanarse señalaba que todo lo había construido poco a poco desde el día que llegó a Gigante, población a la que bajaba con su pareja en burro para mercar, con el descomplique de todo extranjero que quiere echar raíces en nuevo territorio, y desde luego, la fisgoneadera de la población.
La pompa natural
El día que visitamos San Antonio, divisamos un espectáculo fuera de serie, digno de gastarle el tiempo necesario. El sol dora el cerro por el occidente en el lapso de la tarde. A medida que avanzan las horas, sus rayos refulgen a manera de áurea resaltando la silueta del cerro que se opaca por el oriente, destacándose de inmediato la figura del viejo Gigante, que pernocta arrullado por el Magdalena. Al toldar la tarde el azul cielo se hace más puro, al tiempo que ensombrecen las montañas por el oriente, tomando de inmediato un tono indescriptible entre el gris y el verde.
No me cabe duda que esta pompa natural, fue la que causó tan bella inspiración a Jorge Villamil Cordovéz, plasmada en el bello porro “Matambo”, que convierte este cerro a la hora de la verdad, en lugar sacro e inolvidable, digno de llevarlo en el corazón para dispensarle versos, cantos y sueños.
Sé que su autor buscó promocionarlo, pidiendo a Lucho Bermúdez que lo grabara, cuando con Pacho Galán eran lo máximo de la música tropical. Pero fue una equivocación garrafal, a Luis Eduardo Bermúdez Acosta, solo le interesó promover sus obras, como era obvio. La introducía vivamente en su repertorio solo cuando venía a Neiva y llenaba de elogios a Villamil. Jamás hizo sonar “Matambo”, en tantos programas de televisión o fiestas, junto a Carmen de Bolívar, Boquita salá, Salcipuedes, San Fernando o cualquier otra suya. Cuando Villamil intentó grabarla con la orquesta Iberia, sus integrantes se negaron bien sentidos, a pesar de interpretarla maravillosamente.
Poco gozamos esta pieza musical tan bella y alegre. Tal vez por tener ritmo ajeno, pero con descripción atractiva del corazón de nuestro hermoso departamento. Hace poco la escuché en la programación variada e inigualable de la Radio Cultural del Huila, retornando a mi memoria la inolvidable visita a “San Antonio de Matambo”. Valga la pena un gran aplauso a quienes programan en la emisora y el interés de un gran equipo para mejorarla día tras día; unidad que encabeza Nubia Monje como Secretaria de Cultura.
Matambo, es el cerro que miro al sur/ Me contaban de niño que era la figura de un viejo Gigante.
Matambo, tu lejana silueta azul /va bordeando las aguas saltantes de plata del río Magdalena.
Matambo, en las tardes te dora el sol/ simbolizan tu nombre y tu regia figura la América hispana.
Matambo, yo te llevo en el corazón/ Te regalo mis versos, mi canto, mis sueños, en esta canción.
Matambo, Matambo, Matambo/ Te regalo mi canción.
Matambo, Matambo, Matambo/ Te llevo en mi corazón.
MATAMBO
A cierta altura estaba la casa bien terminada, techada con zinc y cobijada por frondosos árboles. Exhibía un corredor frentero ancho, paredes, gradas y piso en madera. Tenía muebles sencillos y una baranda con soportes en “X”.
El día que visitamos San Antonio, divisamos un espectáculo fuera de serie, digno de gastarle el tiempo necesario. El sol dora el cerro por el occidente en el lapso de la tarde.
Poco gozamos esta pieza musical tan bella y alegre. Tal vez por tener ritmo ajeno, pero con descripción atractiva del corazón de nuestro hermoso departamento.
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