miércoles, 28 de octubre de 2020
Regional/ Creado el: 2020-08-31 10:47 - Última actualización: 2020-08-31 10:53

Caficultura colombiana: Eterna, bella, especial y con alma de mujer

Durante siglos la caficultura colombiana ha tenido un componente económico y social de grandes magnitudes, pero al lado de ésta y marcando la pauta ha estado la mujer, el aliento del café.

El grano que lleva la juiciosa caficultora a la cooperativa es remunerado a muy buen precio ya que le pagan calidad, valor agregado por beneficio y las primas correspondientes por dedicarse a un café arábica excelso de excelentes particularidades.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | agosto 31 de 2020

Por Germán Enrique Nuñez

Auscultando la historia del café en Colombia que empieza a escribirse en 1730 con la comunidad jesuita en los llanos orientales que adornaba con cafetos las orillas del Orinoco y luego dando pasos comerciales en Salazar de las Palmas, simbólico pueblo de Norte de Santander, cuando en 1835 el padre Francisco Romero, hacía un canje inusual, purificando almas pecadoras por siembras de café. Desde esos tiempos, esta actividad económica, la más importante de Colombia, empezó a crear marca y a darle identidad a un país incipiente que venía de guerras independentistas que serían evocadas en medio de otras disputas.

Con el café vino desarrollo y el surgimiento de nuevos emprendimientos y movimientos que le fueron dando mayor riqueza a la historia de Colombia. A mediados del siglo XIX arrancó la colonización antioqueña y con ella un auge agrícola y cafetero que fue llevando semillas del grano bendito a tierras desconocidas e inhóspitas que marcaban un desafío y después una meta en la que iban izándose las banderas de la fe y la perseverancia. ¡Oh seres humanos tenaces los que desmontaron cordillera, enfrentaron enfermedades tropicales, hicieron caminos en serranías intransitables y fundaron municipios desplazando selvas y bosques, haciendo posible lo imposible!.

Allí en esas montañas asustadoras, de mañanas y tardes similares por las nubes blancas entre espesas y transparentes que a manera de velillo cubrían las cúspides de las montañas bañadas por una lluvia pertinaz, los decididos colonos seguían sin freno, acompañados con sus familias y rodeados de mulares, caballos, mansos bueyes y asnos que cargaban víveres, trasteos e ilusiones. Fueron complicados los momentos de la dura mitad del siglo XIX en el sur de Antioquia y en el occidente colombiano, pero la historia confirma que bien valió la pena.

Los siglos acabaron calendarios, multiplicaron efemérides y en medio de la aventura hubo hombres valientes, pero igual mujeres templadas, matronas y bizarras que fueron dejando caer en sus duras y cansadas espaldas la responsabilidad del éxito así como de dar esa compañía afable que iba convirtiéndose en un sol perenne que iluminaba días y noches oscuras e igual aterradoras. La mujer campesina, la colona y la emblemática luchadora no conoció cansancio, tampoco pesimismo y menos la derrota. Esa fémina de temperamento recio también cargó machete, igual rompió selvas, sin contemplación abrió caminos sin temores ni reservas. No hubo motivo que la apartara del reto, ni la geografía, ni los climas cambiantes, nada, hasta soportó el sollozo de las lloronas, el rugido del tigre o jaguar furtivo, los graznidos y ecos que venían de los bosques en donde aseguran volaban amenazantes y sin pudor las brujas haciéndoles compañía a los espantos, a los duendes y a los seres raros que solían llevarse mozas para dejarlas despavoridas en la tenebrosidad de la maraña.

Partiendo de las siembras ornamentales de café en 1730 podemos decir que estamos a diez años de cumplir tres siglos de caficultura, o por lo menos de lidiar con la mata hasta hacerla comercial. En ese tiempo, al buscar una mujer referente del café es muy fácil darse cuenta que la respuesta se da sola, todas las mujeres cafeteras rubricaron su historia, ellas edificaron pasado, sostienen presente y proyectan futuro, las mujeres del café dijeron “aquí estamos”. Hoy les hacemos un merecido homenaje a las pioneras de una actividad, de una economía, de un emblema y de una marca. Son ellas, las mujeres todas, las que partieron y sin intimidarse avanzaron, ellas las que en cantidades parieron los hijos del café y fueron ganando terreno como también respeto en una sociedad cafetera que existe por su entrega, su amor y todo el compromiso. Ese empoderamiento del que hablan hoy ya brillaba en la mitad remarcada del siglo XIX y en la alborada del siglo XX. En el presente tan solo se ratifica un hecho cumplido, el papel protagónico de la mujer en la muy especial caficultura.

¡Oh seres humanos tenaces los que desmontaron cordillera, enfrentaron enfermedades tropicales, hicieron caminos en serranías intransitables y fundaron municipios desplazando selvas y bosques, haciendo posible lo imposible!.

Ha resultado vital el papel de la mujer en la economía cafetera, ella con su hiperactividad y con sus conocimientos fue llevando hombro a hombro con su socio marital un sector que afianzó exportaciones, ella, la cafetera, conquistó montañas y administró fincas, soportando amenazas, enterrando esposos, hijos y padres, en ocasiones a sus comadres o afines con quienes dejó de ir a la iglesia con camándula en mano y velo mantilla en sus cabezas para dejarlas reposando en la eternidad del sosegado campo santo. Ella en medio de una violencia absurda domiciliada en Colombia casi que de manera perpetua, desenterró la caficultura cuando quedó atomizada como ocurrió en tiempos de la guerra de los Mil Días, tal y como sucedió con la violencia de los años 50, la de nombres, apellidos y motes pavorosos. Después el conflicto con una amenaza letal, de manera sistemática quitó tierras, pertenencias y más vidas. Sin duda, la campesina, la luchadora, la señora y la respetuosamente llamada patrona, logró ganarse un puesto de honor en el ámbito cafetero porque puso en esta siembra además de llanto, alma, corazón y vida.

Cenaida María Osorio Ospina

En diálogo con Diariolaeconomia.com, la caficultora Cenaida María Osorio Ospina, narró que nació en tierras cafeteras, llegó al mundo en una finca antioqueña en donde creció en medio de sonrisas tiernas y uno que otro berrinche. Párvula camino por entre cafetos a tiempo que tomó tetero mirando a sus padres recoger grano y hacer beneficio. Dijo que empezó a trabajar en las siembras a los doce años, cuando aún le contaba sus secretos a las muñecas.

En la finca de sus padres, don Braulio Antonio Osorio Franco y la señora Edilma Ospina, prosperaban los árboles de café, pero igual la caña panelera y el ganado. Al lado de los cultivos de café era común ver actividad en el trapiche que dejaba escapara olores dulces y aromas únicos.

Cenaida creció y pronto conoció el amor, sentimiento que le dejó su primer hijo, empero, los meses y los años fueron pasando hasta que un día cualquiera llegó la terrible noticia a su casa y fue el deceso de don Braulio, una razón de peso para que Cenaida replicara lo de sus ancestros, salir de la casa matera y partir a tierras del sur hasta llegar al Quindío.

En ese recorrido recordó la entrega al campo de su señor padre, las enseñanzas de doña Edilma y los rostros de sus ocho hermanos que optaron por quedarse con el legado paterno en la bonita finca de Nariño, un municipio de la subregión oriente de Antioquia fundado en 1827.

Para Cenaida el campo es una bendición y deja ver una renta vital porque la gente aún subsiste de lo que da la tierra y por ello recomendó, aparte de sembrar buen café, cuidar el cerdo, la gallina y sacar los huevos criollos para venderlos y así sumar ingresos. En su finca de Filandia crecen unas variedades de café especial con muy buena taza, pero igual frutas y verduras, una agricultura que le permitió alimentarse en estos momentos de encierro y calamidad sanitaria.

“Nadie se imaginó que dañar la tierra traería consecuencias y mire lo que nos llegó. Quienes estamos en el campo somos bendecidos porque tenemos alimentos a la mano y no hemos sentido todo lo que está pasando. La salud la tenemos, trabajamos a diario y la finca nos da muchos alimentos que consumimos e inclusive nos permite generar oferta para vender y así poder ahorrar. Como quien dice vendemos café y ajustamos las finanzas con otros productos que la tierra nos brinda”, declaró la señora Cenaida María Osorio Ospina.

La vida de esta caficultora transcurre con tranquilidad porque su dinámica agropecuaria se lo permite. Ella siembra con mucho esmero en su finca ubicada en la vereda La Morelia en la siempre bella y colorida Filandia, una de las joyas cafeteras y turísticas que tiene el departamento del Quindío.

Mi Tierra Café con Mirada de Mujer

Sin duda don Braulio y su disciplina marcaron el derrotero de Cenaida que llevó muchos conocimientos y secretos de café a tierras quindianas. En Filandia, esta emprendedora logró llegar a un proyecto asociativo que reunió diez familias cafeteras que labran sus predios para extraer un café de mucha calidad porque en cada siembra va una síntesis de conocimiento y de experiencia en torno al bebestible.

Hoy Cenaida selecciona y beneficia café para llevarlo a una maquila, pero tiene claro por su vivencia que entre mejor se hagan las cosas y más calidad se logre, el precio siempre será mejor. De manera sencilla arrancó en una idea grupal que le enseño a convivir con otras personas con diferentes credos y costumbres, pero que finalmente se encontraban en ese entorno amable, tan propio de la caficultura.

El café que produce la señora Cenaida es un grano de buen aroma y sabores maderables con tonalidades de cítrico, una bebida encantadora que surte con orgullo el proyecto “Mi tierra Café con Mirada de Mujer”, una distribuidora de grano especial en donde igual es posible tomar una taza de café con las mejores calificaciones y características, un negocio afectado por la pandemia, pero amorosamente con las puertas abiertas.

Sobre la asociación dice que es una buena apuesta porque se vende grano al amparo de una sola marca lo cual demuestra que la unión hace la fuerza. “Mi tierra Café con Mirada de Mujer” tiene sede en Armenia en un mirador muy cercano al hospital mental por lo que algunos dicen en mofa que el café de la tienda es de locura. El sitio es de muy fácil acceso además porque está en la calle del tiempo detenido, un rincón romántico y retrospectivo de la capital “cuyabra”.

El grano que lleva la juiciosa caficultora a la cooperativa es remunerado a muy buen precio ya que le pagan calidad, valor agregado por beneficio y las primas correspondientes por dedicarse a un café arábica excelso de excelentes particularidades.

“Los precios por encima del millón de pesos que nos han reconocido en lo que va del año nos ayudó mucho porque pagamos deudas, mejoramos la calidad de vida y nos permitió ahorrar para retribuirle a la finca, la verdad que entre las cotizaciones de Nueva York y la tasa de cambio fuimos encontrando una solución a unos problemas que se venían acumulando. Esta dicha inclusive es el fruto de haber aguantado tantas dificultades pues cuando llegan estos niveles de precio, a Dios gracias, uno administra el dinero de la mejor manera”, comentó la caficultora.

La buena productividad de la finca de Cenaida le facilita la vida y los excedentes que tiene los lleva a Armenia en donde vende mandarina, naranja, pitaya, plátano, yuca, pollos gallinas y huevos. Dos veces a la semana vuelve a la ciudad a vender puerta a puerta productos que ella misma elabora como chorizos y otros que ya le encargan por el sabor paisa pues sostiene que lo que se ha vivido se ha aprendido.

A Cenaida la acompañan dándole mucha fuerza sus tres hijos y un nieto, núcleo familiar feliz que estudia y trabaja, haciendo de la caficultura un ejemplo de articulación y apego maternal. En su vida están Hugo, de 24 años, Luisa Fernanda que cumplió 17 años e Isabela, la cuba con siete años, tres regalos de Dios que hoy alumbran su estancia. Destaca mucho el apego de su pequeña hija de siete años quien le sirve de consejera en momentos de tristeza y desánimo.

La contertulia es una mujer fuerte que supo hacerle frente a lo que la vida le impuso, su espíritu combativo y su inventiva la llevaron a salir adelante y a educar sus hijos de la mejor manera y bajo preceptos de respeto y honestidad.

Pese a que están en otras actividades, sus hijos viven en la finca y no les pierden la huella a sus ancestros un punto amable que hace pensar que la saga puede seguir y que los hijos de Cenaida seguirán en el café.

La muy amable antioqueña, hoy adoptada por el Quindío, ama el campo, lleva el café en sus venas y agradece cada momento en su vida campesina porque le regaló lo que no muchos tienen, felicidad. Cuando escucha el término café lo asocia con riqueza, trabajo, exportaciones, inclusión, alegría, quimeras y oportunidad.