lunes, 16 de septiembre de 2019
Especiales/ Creado el: 2019-07-27 01:33

Cosas sueltas interesantes

Los temas internacionales siempre me han encantado, todo se inicia por la suscripción que tenía mi padre en la revista Visión, desde que la dirigía Alberto Lleras Camargo y luego el abogado, escritor, ensayista, sociólogo, y profesor argentino, Mariano Grondona. En ocasiones mi viejo compraba LIFE en Español, la que solo vendían en la cigarrería Real de Julio García, distribuidor a la vez del diario El Espectador, Cromos, Burda, Selecciones, etc.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | julio 27 de 2019

 

LIFE, edición foto-periodística de circulación quincenal, promocionaba el modo de vida estadounidense en plena guerra fría. En sus finas portadas aparecían personajes hispanohablantes como Juan Carlos I- antes de llegar al trono de España; futbolistas como Alfredo Di Stefano, estrellas latinas en Hollywood como Sarita Montiel y Mario Moreno “Cantinflas”.

Recuerdo la fotos e historia de un joven con pinta de gamín, que se lanzó al ruedo como espontáneo en el quinto toro de la tarde, en una corrida de la plaza “Las Ventas”, que por tal motivo recibió fuerte paliza antes de ser arrestado por la policía.

Era nada menos que Manuel Benítez “El Cordobés”, el matador que tres años despues (1965), comenzó a liderar las estadísticas de la fiesta brava hasta 1971. Le hacían homenaje con foto de portada ya luciendo traje de luces, por haber cortado cuatro orejas y un rabo el día de su alternativa. LIFE desapareció en 1969.

Bien grabado quedó en mi memoria, un libro hermoso de pasta dura y letras doradas, con la obra de Miguel de Cervantes Saavedra, “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha”, con un 40% aproximadamente, resumido en viñetas con imágenes simpáticas, completas y en ambientes reconocibles.

No he vuelto a ver una edición así, que entusiasme a la gente joven a leer clásicos. El texto completo lo leí con entusiasmo, ya en segundo bachillerato cuando Fernando Ardila Peña era mi profesor de español y literatura; y lo profundicé con alegría ya en la USCO, cuando ese gran maestro, Antonio Iriarte Cadena, nos guió por su significado socio-económico de la España de la época.

Aparte de la descripción que hace Juan Ramón Jiménez en su “Platero y Yo” -que lo deberían tomar los animalistas de hoy-, viene a mi memoria la descripción que hace Oriana Fallaci de Golda Meir, en su libro: “Entrevista con la Historia” -1980-, cuando esta ucraniana fue la Primer Ministro de Israel: “…me recordaba a mi madre, a quien se parecía un poco. También mi madre tenía esos cabellos grises y rizados, ese rostro cansado y arrugado, ese cuerpo pesado sostenido por piernas hinchadas, delicadas, de plomo.

También mi madre tenía ese aire enérgico y dulce, ese aspecto de ama de casa obsesionada por la limpieza. Era de esas mujeres cuya riqueza consiste en una sencillez que desarma, una modestia irritante, una sabiduría que les viene de haber agotado toda la vida en dolores, preocupaciones y trabajos que no les han dejado tiempo para lo superfluo…”, “Golda vive sola. Por la noche ni siquiera hay un perro velando su sueño en el caso de que ella se encuentre mal; está la guardia de corps en la entrada de la villa y eso es todo. Durante el día, para ayudarla en las faenas domésticas, tenía solo una chica que acudía para hacerle la cama, quitar el polvo y planchar la ropa.

La alemana Heike B. Görtemaker, graduada en filología germánica, historia y economía política, me sorprendió en la introducción de su libro “EVA BRAUN, Una Vida con Hitler”, por la forma sencilla, amena y concisa como lo lleva a uno a abordar el tema de esa mujer en el final de su vida:

“Cuando partió de Munich a Berlín el 7 de marzo de 1945 en un vehículo militar todoterreno, Eva Braun estaba a punto de terminar de escribir su historia. Esta había comenzado en 1929 en la tienda del fotógrafo muniqués Heinrich Hoffman, donde conoció a Adolfo Hitler, presidente del ultraderechista Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), entonces una formación de escaso éxito en Alemania. Ahora Eva Braun viajaba a la capital contra la voluntad de Hitler para morir con él.

Hitler le había ordenado que se quedara en el Obersalzberg, cerca de Berchtesgaen, donde él poseía una gran hacienda, su “fortaleza en las montañas”, ya que Berlín, sobre todo despues de los ataques aéreos aliados del 3 de febrero, había sido destruida en buena parte; varias veces al día sonaba la alarma antiaérea. Ya en Enero el ejército rojo soviético había alcanzado el río Oder. Por el Oeste se acercaban estadounidenses y británicos, apoyados por numerosos aliados. En la cancillería el Reich nadie contaba, pues, con la aparición de Eva Braun.

Con su llegada, comentaría más tarde Albert Speer en sus memorias, “un heraldo de la muerte entró en forma plástica y real en el bunker”… Eva Braun y Adolfo Hitler estuvieron unidos por una relación que duró más de catorce años, y que no terminó hasta su suicidio conjunto. Además, esa relación constituyó para Hitler, aún a escondidas de la opinión pública alemana, uno de sus pocos vínculos personales con una mujer. Su aspecto físico –joven, rubia, deportista, atractiva, con alegría de vivir, no encajaba en absoluto con un Hitler que en fotos privadas muestra un aire envejecido y rígido, y una “cara de psicópata” (Joachim Fest). Eva Braun, dicen, amaba la moda, el cine y el jazz, leía obras de Oscar Wilde –autor prohibido en Alemania a partir de 1933-, le gustaba viajar y practicaba deporte en exceso. Así pues, su vida apenas encajaba en el modelo de la mujer alemana propagado por la ideología nacionalsocialista, según el cual esta tenía que ser en primer lugar madre y vigilar el hogar del hombre”…

“Sobre la 14:30 horas del 30 de abril de 1945, Erich Kempka, chofer de Adolfo Hitler desde 1932, recibe una llamada en el sótano de la Cancillería del Reich en Berlín: que vaya a buscar unos doscientos litros de gasolina y los deje a la entrada del bunker del Führer, en el jardín de la cancillería del Reich. El resto se lo explicarán allí. Cuando Kempka llega con un grupo de hombres con las latas de gasolina a cuestas, Otto Günsche, Sturmbannführer de la SS, le anuncia que el Führer ha muerto. El, Günsche dice tener el encargo de quemarlo inmediatamente, ya que Hitler, no deseaba acabar exhibido “en un museo de cera ruso”.

Los dos hombres entran en el bunker, donde Martin Bormann entrega el cadáver de Eva Braun a Kempka. Eva Braun lleva un vestido oscuro, de tacto húmedo en la zona del corazón. Kempka sube la escalera con ella en brazos para alcanzar la salida. Delante de él andan el sirviente Heinz Linge y el médico, doctor Ludwig Stumpfegger, con el cadáver de Hitler. Les siguen Günsche, Bormann y Joseph Goebblels. Poco antes de las tres, colocan juntos los cadáveres sobre el suelo liso de arena. Los rocían con cinco latas de gasolina y les prenden fuego. Los hombres se colocan frente a la entrada del bunker y hacen el saludo hitleriano con el brazo en alto por última vez mientras arden los cadáveres. Tras el estallido de varias granadas de artillería en el recinto, se apresuran a buscar refugio en el búnker.