sábado, 15 de agosto de 2020
Cultura/ Creado el: 2016-03-22 07:44

“Cumplir diez años en procesos intelectuales es darle una sonora bofetada a la estulta forma de administrar la cultura”

El Taller de escritura Relata está cumpliendo 10 años y para celebrar esta fecha no solo harán recitales sino que seguirán escribiendo y seguramente, publicarán un libro con su mejor producción. Betuel Bonilla Rojas, director de este Taller, se refiere a la celebración.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | marzo 22 de 2016

¿Cómo es posible que un Taller literario cumpla 10 años en el Huila?

Eso mismo me pregunto, y me he preguntado en cada septiembre, cuando el taller cumple un nuevo año de actividades. Los talleres literarios en Colombia parecen tener el mismo ciclo vital de las revistas, cuya máxima aspiración es abandonar el fatal designio de terminarse en el número 1. En buena medida, creo que hemos logrado sobrevivir porque el Taller, más allá de ser reconocido y avalado por el Ministerio de Cultura durante todo este tiempo y de estar considerado entre los cinco mejores de todo el país, es en realidad un proyecto personal, una suerte de terca resistencia para demostrarles a los entes encargados de “administrar” la cultura (Secretarías Departamental y Municipal), que si algo se quiere hacer dentro del panorama cultural no tiene por qué estar supeditado a la limosna de los secretarios de despacho, casi siempre meros mandaderos, intonsas y amañadas cuotas políticas para quienes la cultura es sólo una forma fácil de saquear el erario. Si de las Secretarías de Cultura dependiera, lo menos que se podría hacer sería justamente cultura. De otro lado, nos mantenemos de pie porque existe la necesidad de muchas personas de formarse en la escritura, algo que se puede testimoniar desde las casi cuatrocientas personas que han hecho parte del grupo a lo largo del proceso y las sesenta que hoy en día asisten a las sesiones de trabajo. Y vea, entonces, que sí es posible, siempre será posible si el asunto de hacer cultura desde uno u otro ángulo se asume desde una perspectiva misional y no como algo inscrito en iniciativas institucionales, lo cual significa el fracaso anunciado.

¿Cuál es el secreto para que chicos y adolescentes quieran aprender a escribir? ¿No es un tema jarto aprender a escribir, o mejor, enseñar a escribir?

Desde que Luis López Nieves, en la Universidad de San Juan, en Puerto Rico, creó con enorme éxito la Maestría en Escrituras Creativas, se zanjó esa bizantina discusión sobre si es posible enseñar a escribir en creación literaria. Hoy nadie objeta ya tal decisión. Desde hace mucho tiempo existen escuelas de música, de artes plásticas, y se veía con recelo la opción de homologar esta experiencia al campo literario, una cosa bastante rara, por demás, como si la literatura tuviera una esencia radicalmente distinta de las otras artes, aparte del lenguaje en el cual se expresa cada una. Desde luego, hay algo más allá de lo que se aprende en los talleres, en los cuales se enseñan, sobre todo, aspectos relacionados con la técnica de la escritura literaria, el talento, la imaginación, la agudeza para detectar buenas historias. Del Taller nuestro han surgido escritores que hoy en día podemos considerar “hechos”, que sobre todo han afinado una vocación del oficio y han asumido casi que un destino literario. Y esos llegaron al grupo en cero, esperando que desde allí se les diseñara una ruta. No hay secretos, hay sólo tesón, persistencia, rigor, porque si de algo nos podemos jactar es de no haber declinado un solo día en la certeza de que un taller de escritura es sumamente necesario para trazar caminos para la memoria individual y colectiva. Hace poco, en un taller en el Banco de la República, a partir de un trabajo con un grupo para el que escribir creativamente era la cosa más exótica del mundo, quedó claro que todos quieren contar algo mediante la escritura, y que si a esas personas, cuyo deseo de narrar viene ahí, pegado, se les dan unos insumos básicos, lo harán muy bien, porque la materia prima está en cada uno de nosotros, lo demás son los rudimentos del oficio, y eso sí se aprende.

¿Por qué apostarles a los escritos de ficción cuando la realidad pide más pragmatismo?

Bueno, quien pide pragmatismo no es la realidad, es simplemente una episteme dominante, la posmoderna, que ha frivolizado el mundo a tal nivel que todo se volvió inmediato, fácil y burdamente práctico, eso que Édgar Morín llama lo prosaico en el mundo. De otro lado, los discursos más o menos con que cuenta el ser de hoy en día son las noticias o las redes sociales. Las primeras, y esto está demostrado hasta la saciedad, es la vulgarización más ramplona de la lengua, la reducción del idioma a su mínima expresión traslaticia, en la cual, la noción de desvío estético defendido por el recientemente fallecido Umberto Eco es un imposible. Tampoco representa dicho discurso una noción de la verdad como reconocimiento fiable de la realidad, pues mediante la hipérbole y el eufemismo la noticia ficcionaliza el mundo a su conveniencia e impone una ideología a su antojo. Por último, la ficción no es necesariamente el desprendimiento de un orden inmediato y real, por más angelical e insípido que sea el texto literario. Toda literatura se escribe desde una ideología de base (no confundir con militancia), y esa ideología selecciona de la realidad unos materiales que retornan a ella cargados de significado. Antonio Tabucchi dice en su bella novela Sostiene Pereira que no se explica por qué la filosofía, que parece decir verdades en el fondo, no es más que ficción; y la literatura, que parece decir mentiras, en el fondo no dice más que verdades.

¿Qué enseñanza le ha dejado la escritura?

Desde los talleres, quizás el que más aprende sea yo. Mientras intento, en cada sesión, generar un tema de discusión o de aprendizaje, o cuando intento responder a preguntas de talleristas sobre alguna situación especial de sus relatos, estoy todo el tiempo reflexionando sobre la maravilla de la creación literaria. Creo que si tengo dos o tres mínimas certezas se las debo a hechos estéticos que me permitieron adentrar una garantía de la escritura y luego socializarla. Por otro lado, y ya no como tallerista sino como escritor de cuentos, lo que uno aprende, sobre todo, es a reconocer en la realidad significados que otras personas no ven, quizás por el vértigo, o porque simplemente su interés está en otra dimensión. Dejarse aturdir por eso que Liliana Heker llama “fisuras en la realidad”, es una forma del humanismo que ojalá todos practicáramos. Porque finalmente, en el centro de todo discurso literario de altura lo que hay es un plano de la significación, expresado en términos humanos, que nos permite entendernos y entender al otro, entender las claves de funcionamiento de un mundo en el que algunas cosas cambian y otras permanecen.

En un mundo donde la cultura y el arte ocupan un segundo lugar, ¿por qué apostarles a las letras?

De alguna manera algo de esto dije en el numeral tres. Sumaría a esto la idea de Walter Benjamin en el sentido de que nosotros, los habitantes de esta época (Benjamin lo dijo hace alrededor de ochenta años) hemos sido despojados de algo que él llama la experiencia, es decir, ese trazo de la humanidad que rebota hacia el pasado y nos ayuda a entender el presente. La certeza de vivir en un presente continuo nos sugiere una comodidad mortuoria, como si el tiempo muriera y naciera a cada rato. Y quizás detrás de eso vamos, detrás de la experiencia de cada uno, esas experiencias que en colectivo conforman la gran experiencia de la humanidad. En un taller paralelo a Relata, llamado Libertad bajo palabra, ayudamos a los internos de varios centros penitenciarios de Colombia a reencontrase con su memoria mediante la escritura creativa, no necesariamente la de sus propios delitos. Y es bastante grato ver que a muchas de esas personas, la literatura, la escritura, termina por cambiarles la vida, empiezan a imaginar el mundo desde las historias que ellos mismos y sus compañeros relatan, y ese tejido, de forma un tanto misteriosa, reconstruye una mirada distinta, una mirada más ética del mundo. Creo, además, que no es tan cierto que la cultura ocupe un segundo lugar, sólo que el asunto, como lo explica muy bien Bauman, es que la idea de una cultura entendida desde la élite intelectual de los siglos XVIII y XIX se modificó, el término cultura, como el de arte y literatura, perdió el aura, mutó drásticamente, y hoy en día, asistimos a múltiples sentidos de lo cultural, quizás más como un campo de tensiones, como quería Antonio Cornejo Polar, que como meros productos estéticos.

¿Cuál será la celebración de estos 10 años de Relata?

Nuestra mayor celebración, siempre, será seguir existiendo, seguir escribiendo. Nada más nos alienta. Ojalá que los amigos y las amigas del Taller escriban cada día mejor, y que esa escritura ayude en algo a entender y descifrar nuestra época. Desde luego, en cada sesión decimos muy orgullosos que cumplimos ya casi diez años, sobre todo porque, y en esto soy insistente, cumplir diez años en procesos intelectuales es darle una sonora bofetada a la estulta forma de administrar la cultura, siempre en manos de zopencos que confunden cultura con tradición, que la asumen sólo una salida bastante cómoda para robarse los recursos de la manera más ruin. También celebraremos con un par de recitales, en los cuales leerán sus textos los talleristas cuyos textos resulten más destacados. De ser posible, y esto lo estamos conversando con el grupo, publicaremos un libro que recoja los mejores textos producidos en estos ya diez largos y felices años.