lunes, 15 de octubre de 2018
Opinión/ Creado el: 2018-06-13 08:51 - Última actualización: 2018-06-13 08:52

El derecho inalienable a votar en blanco

Escrito por: Carlos Tobar
 | junio 13 de 2018

Por: Carlos Tobar

En esta segunda vuelta de la campaña electoral para la presidencia de la república, donde Iván Duque y Gustavo Petro, se disputan a dentelladas el triunfo, a quienes hemos tenido la osadía de tomar la opción del voto en blanco nos ha caído un aguacero de violentos, sectarios y dogmáticos ataques. Que no nos han dicho. Desde que no votar por tal o cual, significa votar por el otro, y, por tal razón somos responsables de lo que uno u otro, hagan o dejen de hacer en la eventualidad de salir elegidos. Responsabilidad que, según esos contradictores, asumiremos, ¡quienes no habremos votado por uno u otro! Una lógica política que han disfrazado de toda clase de argumentos retorcidos, para endilgarle a quienes no pensemos como ellos, de lo que será responsabilidad de quienes voten por Duque o por Petro. Precisamente, porque no creemos que ninguna de las opciones en disputa sean una solución para la nación colombiana, es que no votaremos por ellos.

Otro manido argumento, es lo que representa el otro como peligro potencial para la democracia. Que, si gana Duque, vendrá la dictadura, los falsos positivos, la eliminación de las cortes, etc. Que, si gana Petro, tendremos la dictadura castro-chavista con su socialismo del siglo xxi, las expropiaciones pulularán, etc. El acabose. El país se disolverá. La consigna es “ganar o morir”. A su entender, solamente con el triunfo de su bandería, se garantiza el futuro. Es la lógica amigo/enemigo del ideólogo nazi Carl Schmitt, que, entre otras cosas, nos condujo en Colombia al período de la Violencia y después a la confrontación guerrilla-paramilitares-estado de la que estamos tratando de salir. Es la lógica, de “el que no está conmigo está contra mí”, aplicada por Uribe y por las Farc. En consecuencia, la única opción que nos dejan a los ciudadanos en votar por su facción, so pena de condenarnos a los profundos infiernos por “traidores a la patria”. Si esa lógica argumentativa fuese cierta, ¿para qué hicimos la paz con las guerrillas?, ¿para que todo los sacrificios institucionales, sociales y políticos, sino fue para aceptar al otro?, ¿para convivir con él o ellos? Es, además, no comprender que la sociedad colombiana es más compleja de lo que creemos, con una composición social variopinta y diversa que, se expresa de distintas maneras, todas respetables y válidas.

Pero, tal vez, el mayor exabrupto es violentar un derecho democrático fundamental. Si algo debe caracterizar a una democracia madura es el respeto por la independencia y la libre determinación de los individuos y las colectividades. Porque el verdadero y estable progreso social, se consigue con la adhesión voluntaria de los ciudadanos y las organizaciones a una determinada posición política. Lo impuesto –que implica el uso de algún grado de fuerza– es frágil y transitorio, lo aceptado por convicción, sólido y duradero. Es tan importante este principio que, en la época que vivimos, la era de la globalización del gran capital financiero parasitario, la autodeterminación y la soberanía de las naciones es una condición indispensable para el progreso de los pueblos.

Lo que está en juego es mucho más que el triunfo transitorio de una de las banderías en disputa en la elección presidencial próxima. Es la esencia misma del sistema político que

debe regir las relaciones sociales de los colombianos. Por eso, y mucho más, mi voto no es transable: ¡ni se compra, ni se vende!

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