miércoles, 05 de agosto de 2020
Opinión/ Creado el: 2020-08-01 10:53

EL HOMBRE DEBE AGRADECER LA ABUNDANCIA DE DIOS

Escrito por: Redacción Diario del Huila | agosto 01 de 2020

Por P. Toño Parra Segura                                      [email protected]

La Palabra de Dios, en este domingo 18 del tiempo ordinario, sigue siendo fecunda para el hombre en las diversas etapas de su vida y de ella proviene la verdadera riqueza, ya que Dios cumple las promesas por la alianza eterna con el hombre, como lo afirma hoy el profeta Isaías.

San Pablo en su carta a los Romanos les recuerda con mucha alegría, que nada ni nadie podrá separarlos de ese amor manifestado en Cristo Jesús (Rom. 8, 35).

Es un texto que nos produce confianza ilimitada, si realmente lo vivimos en plenitud en todas las circunstancias de la vida por la esperanza, basada en la fe en Cristo el Señor.

Jesús como hombre también debió sentir el cansancio físico, después de tanta predicación y contacto con sus discípulos y por eso escoge un lugar despoblado y solitario, seguramente para hablar con su Padre, a quién siempre acudía en la oración.

Jesús es compasivo y misericordioso y en lugar de sentirse agobiado, se preocupa de la gente que lo seguía, en especial de los enfermos a quiénes siempre curaba de sus enfermedades.

Sus discípulos con unos criterios humanos de desconfianza, le propone a su Maestro lo más fácil ante el número de seguidores y la hora extrema de la tarde: despedirlos para que cada uno solucione sus problemas y compre la comida necesaria.

Con una gran ironía secreta les imparte una orden: “Dénles ustedes de comer” (Mt. 14, 10). Cuál sería su sorpresa cuando hace comparecer al muchacho de los cinco panes y dos peces y les ordena que hagan sentar la gente en la hierba.

Extraordinario espectáculo ver sentados en la hierba cinco mil hombres más las mujeres y los niños, mirando con angustia la actitud del maestro milagroso.

Sin ostentación de milagrero, hace una oración a su Padre Dios con un significado trascendente de la futura Eucaristía: “Toma los panes y los peces, alzó la mirada al cielo, los bendijo, los partió y se los dio a sus discípulos y ellos se lo dieron a la gente”. Comieron todos, se saciaron y llenaron doce canastos de sobras (Mt. 14, 10).

Vemos en este milagro la perfecta armonía de Jesús relacionada con su futura Iglesia en la cual seguimos repitiendo la fórmula consagratoria que cambia el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor, repartida siempre sin agotarse jamás en nuestros altares.

La diferencia no está en Jesús siempre dispuesto a saciarnos, sino en el hambre de la gente: ya no es de Dios, sino de la riqueza del poder, del goce de los sentidos, de la drogadicción y del deseo de figurar en el mundo.

Sin embargo el Señor sigue sintiendo la misma compasión y su deseo de salvarnos.

Por qué hay escasez? Por qué hay hambre física? Por qué tanta desigualdad en el manejo de los bienes? De quién es la culpa? De Dios? ¡No!. La culpa es del mismo hombre que no quiere trabajar, que no sabe invertir su salario y que gasta más de lo que gana.

Y si miramos a todo el mundo, la situación es igual: fórmulas vanas de inversión, recortes de salarios y huelgas de los que padecen hambre.

Qué se hizo la abundancia de la creación?

San Pablo tiene una frase para los desocupados: “el que no trabaje que no coma” (2 Tes. 3, 10).

Gracias Dios por tu abundancia, y enséñanos de nuevo a manejar bien tu creación.