martes, 01 de diciembre de 2020
Opinión/ Creado el: 2017-11-26 09:12 - Última actualización: 2017-11-26 09:13

Jesucristo: Un extraño rey

Escrito por: Padre Manuel Antonio Parra
 | noviembre 26 de 2017

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Cerramos hoy el año litúrgico y la Iglesia nos invita siguiendo a temática del domingo pasado a centrar nuestra mente y nuestro corazón en quien es Alfa y Omega, principio y fin: la persona de Jesús. La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de marzo de 1925, después fue trasladada al último domingo del año litúrgico y así es la proclamación solemne del personaje que condensa en sí, todas las aspiraciones de la humanidad. Él es el Hijo de David, el Hijo del Hombre, el Siervo de Yahvé, el Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, el Señor del Universo, el Rey de Reyes, o simplemente Jesucristo el Salvador, el hijo del carpintero.

En realidad la verdadera fiesta de su realeza es la Pascua, pues al resucitar sube al Padre como Señor y Rey de todo lo existente. Es Rey no a la manera de este mundo. Jesús reina sin gobernar, exige sin dominar, propaga su verdad sin conquistar.

Es por eso extraño el título de esta fiesta, porque jamás fue Rey de pueblo alguno, ni ejerció ningún tipo de poder político, ni les permitió a sus discípulos comentar siquiera su mesianismo; se resistió siempre a ser proclamado rey por sus partidarios, y se escondió cuando querían presentarlo como tal después de los milagros.

El contrasentido de esta fiesta nos puede venir del concepto mismo de la palabra rey, o del vocablo “Reino de Dios o Reino de los Cielos” que en el fondo vienen a ser sinónimos.

Para no confundirnos, mejor entonces hablar del “Reinado de Cristo”, como el qué-hacer del Hijo del Hombre: La salvación del mundo.

Dos actitudes opuestas encontramos en la crucifixión del Señor en los que asisten a ese espectáculo del Viernes Santo. Los curiosos que anhelaban algo nunca visto de que un condenado a muerte bajara de la cruz y el otro de sus compañeros también en contradicción. El de la izquierda casi burlándose de Él le insinúa que ser baje y los lleve también a ellos; el ladrón arrepentido con una frase admirable le pide al Señor un recuerdo cuando llegue a su Reino. Este se lo llevó Jesús de primero, de la muerte del otro nadie dice nada, pero seguro que iría al lugar de los incrédulos.

Curioso ciertamente que un ladrón reconozca la realeza de Jesús en el último momento de su vida y el otro condenado al mismo suplicio se ría de su compañero de martirio.

Hasta los enemigos de Jesús, cuando se inventaron el título que debían colocarle en la cruz en son de burla como el Rey de los Judíos estaban cumpliendo las escrituras que el Señor les recuerda desde la casa de Pilatos: “Sí Yo soy Rey, Yo para esto nací, para ser Rey”.

Esto que estamos recordando hoy en la liturgia de último domingo nos debe llevar a nosotros a tener a Cristo como un Rey vivo, que dirige nuestros pensamientos, que eleva nuestro espíritu y quiere estar con nosotros todos los días.

Pertenecemos a un reino de justicia y de paz, de concordia y amor. Lejos del designio divino los poderes terrenos que están haciendo de cada hombre un pequeño dios, no sólo dueño de sí mismo sino de los demás.

“Yo soy Rey, tú lo dices… para esto he nacido para ser testigo de la verdad”. Pilatos entendía menos este lenguaje y al final fue condenado Jesús porque pretendió ser “Rey de los Judíos” y con ese estigma fue crucificado.

Ese fue su trono, una cruz, como su palacio real una pesebrera y sus vasallos unos pastores. No buscó poder, ni dominio, ni fausto, ni siervos.

Quienes añoran los tronos no han entendido el reinado de Jesús. Uno en un trono se siente mejor que los otros, más alto porque los domina. Jesús no buscó ninguna clase de autoritarismo; su impulso se lo dio la verdad a secas, sin miedo ni siquiera cuando ya lo iban a crucificar. A veces aún en la Iglesia se busca poder como para asemejarse a lo amos de la tierra, a quienes no quiso Jesús que imitaran sus discípulos. Él buscó el servicio, la “Kenosis”, el último puesto, el lavar los pies y ese es el valor absoluto y eterno de su reinado.

Su reinado no es un pietismo enfermizo de esperar, lo que viene es un “que-hacer” desde el “ahora y el hoy”. Por eso dirá el “Reino ya está en medio de vosotros”. Hagámoslo, seamos reyes como Él, porque desde el Bautismo nos lo dijeron.

Dejemos los tronos, la arrogancia, la vanidad y la soberbia para los reyezuelos del mundo.


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