viernes, 22 de septiembre de 2017
Opinión/ Creado el: 2017-09-13 02:05

Los lleva y trae

Escrito por: Margarita Suárez Trujillo
 | septiembre 13 de 2017

No puedo creer que en mi pueblo haya gente que se ha dañado tanto. Ni la venida del Santo Padre Francisco a Colombia aplacó los odios que nos están matando. Estaba convencida que los sucesos del 10 de abril de 1948 cuando masacraron al Mártir de Armero en la plaza pública señalado por chismes y consejas de una turba enardecida, era cosa del pasado. Pero veo que infortunadamente vamos de mal en peor. Me aterran esas implacables redes sociales que juzgan, condenan y destrozan a diario a la gente, sin sentir el más mínimo respeto por los seres humanos. Y no estoy hablando de política, ni de Santos ni de Uribe, me refiero a que con especulaciones y mentiras contadas con cizaña, estamos acabando con la gente buena de nuestro país. Infortunadamente y lo digo con mucho pesar porque soy periodista, a esa degradación están contribuyendo algunos medios de prensa que no han entendido la misión tan bella que tenemos los comunicadores de informar la verdad sin apegarnos a una sola versión de los hechos, sino por el contrario escudriñar todos los frentes. No voy a caer en la trampa de juzgar a quienes actúan sin ese precepto, pero si hago un llamado a ser más objetivos en nuestra información, investigar todas las fuentes, no creer al primero que lanza las diatribas sino llegar al fondo de los hechos. Pedro Valenzuela, sobrino nieto del Padre Pedro María Ramírez, el Mártir de Armero, consagrado Beato por el Papa Francisco, recuerda algo que es muy cierto: “De rumores se han alimentado los ciclos de violencia. El nazi Joseph Goebbels solía insistir en la necesidad de repetir una mentira hasta que se tomara por verdad”. Me duele ver que hay gente buena que se deja influenciar por gente mala. He visto casos de personas de buen corazón que inocentemente están repitiendo como loritos los chismes sin tomarse la molestia de averiguar la realidad y mucho menos preguntarse ¿por qué me lo cuentan a mí? ¿Será porque soy su idiota útil que me encargo de regar como pólvora las malas noticias? Vale la pena que junto con nuestros colegas reflexionemos sobre el particular. Es hora de un alto, para evitar que nuestras palabras contribuyan al resentimiento social que tanto daño hace.

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