viernes, 10 de julio de 2020
Enfoque/ Creado el: 2020-02-01 11:20

Mensajes aleccionadores

Hace pocos días compartí uno de ellos que se refiere a “valorar los padres en vida porque mañana va a ser tarde”; mensaje con reflexión especial que señala formas de verlos en segmentos de vida de los cuatro a los cincuenta años.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | febrero 01 de 2020

Por: Orlando Mosquera Botello

Tengo 3.487 amigos anexados a Facebook, los que envían en su gran mayoría bellos mensajes a diario por lo general sencillos, simpáticos y aleccionadores. Hace pocos días compartí uno de ellos que se refiere a “valorar los padres en vida porque mañana va a ser tarde”; mensaje con reflexión especial que señala formas de verlos en segmentos de vida de los cuatro a los cincuenta años. De inmediato recordé lo sucedido a un pariente que fue excelente estudiante en todos los niveles y dese luego super orgullo de mi tío que agotó todas sus fuerzas para que fuera un gran profesional. Estudió primaria y secundaria en colegio famoso de la Capital de la República y se destacó como gran alumno de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia.

En 1964 vino a realizar su año rural a Yaguará, donde según él, estaban los hacendados más ricos del Huila, padres de mujeres bellas que sobresalían por su piel blanca fina. Sobra decir que siempre le encantó el dinero, las monas e interpretar guitarra, pues además gozaba de gran voz y simpatía cachaca. Allí con su manera atenta y gran profesionalismo como egresado de la Nacional, se granjeó la amistad y el cariño de la gente a quienes trataba por igual. Yaguará pasaba por especial momento, era la capital ganadera del Huila y gozaba de excelente verdor arrocero que permitía divisar las torres de su bello templo a distancia. El grano tenía precio que jamás ha repetido y se entraba a la población por el oriente, tras pasar el Hobo y el puente metálico-colgante de Momico. El agua irrigaba por gravedad buscando de nuevo el descenso al Magdalena tras empapar la buena tierra con gran promedio por hectárea.

Poco más de dos años vivió mi pariente allí donde la gente casi no enfermaba y pocos deseaban partir en serio, formándo conjugación especial de apellidos donde casi todos, desde luego, tenían algún grado de consanguinidad y vocación especial por el ahorro.

Como siempre ha sido pueblo alegre, para patronales, Ernesto Cabrera Polanía cayó de su caballo sufriendo graves lesiones su cerebro. Guillermo Mosquera Triana como médico se apersonó del caso prestándole atención profesional primero hasta Bogotá -pues en el viejo hospital San Miguel con las limitaciones de la época- un grupo de galenos recomendaron su traslado inmediato a Bogotá.

El paciente, hermano de los médicos Camilo y Reynaldo Cabrera Polanía -más tarde fundadores de la Clínica Cardio-infantil y la Fundación Santa Fe de Bogotá, entonces residentes y especializados en los Estados Unidos, gestionaron su traslado al país del norte en vuelo chárter (avión- ambulancia). Hasta allí lo acompañó Guillermo, donde los hermanos Cabrera Polanía en agradecimiento y por su vinculación con médicos famosos, le ofrecieron ayuda para que se especializara en los Estados Unidos. Pronto inició su postgrado como Urólogo en Clínica famosa de Carolina del Norte.

Allí se enamoró de una hermosa mona, hija única del dueño de la Clínica donde realizaba su especialización, centro médico que terminaron heredando cuando en los Estados Unidos se vivía el mejor momento del “Sueño Americano”. Desde luego, pronto obtuvo su doble ciudadanía dedicándose a estudiar intensamente.

Por el conocimiento profundo de su perfil médico, terminó asistiendo como invitado especial a seminarios y convenciones médicas en importantes ciudades del  mundo, donde explayaba orgulloso y amenamente su facilidad lingüística, dominando varios idiomas. Todo lo anterior lo alejó de Colombia, incluyendo en forma seria su núcleo familiar latino, limitándose a llevar de vez en cuando a sus viejos que siempre tuvieron como especial consuelo, el giro puntual de la ayuda económica.

En 1999, tres décadas y media después de haber partido a los Estados Unidos, le sucedió algo especial que me contó en Neiva, donde apareció sorpresivamente.

Al ascender con calma la escalera de entrada a la clínica –regularidad de movimiento por su etapa sesentona ya con avisos de artrosis-, se pudo ver en diferentes ángulos que le proporcionaba la fachada del edificio, el que tenía serie de vidrios en forma cóncava que permitían tal efecto óptico. Se vio exacto a su viejo, ese que tanto trabajó para que fuera médico y obtuviera especial reconocimiento; el que había olvidado buscando fama. Tomó conciencia plena que había llegado a su vejez por su figura ya pesada, caminar pausado, espalda ya gibosa, y mirada reflexiva madura.

Ingresó de inmediato a su consultorio, llamó a su esposa decidido y lleno de nostalgia para que le arreglara maleta, le tuviera listo su pasaporte y otros documentos, y le separara cupo en el próximo vuelo a Colombia. “Necesito irme ya para Colombia”, fue lo único que acató decirle. A las siete de la mañana estaba aterrizando en el aeropuerto Eldorado.

Cuando llegó a la puerta de la casa de su padre, este se encontraba en el jardín podando unas matas. Vino el diálogo inicial: -“Buenos días”- su padre lo miró y no lo reconoció; -“Buenos días señor, que se le ofrece”-, “papá soy Guillermo, tu hijo”. Terminaron abrazados plenos de alegría. Debo agregar que su madre había fallecido dos años antes, y pedido que sus cenizas fueran llevadas al lugar que Guillermo escogiera, motivo por el cual permanecían en lugar especial de la casa. Ingresaron y como de costumbre vino la primera pregunta: -“Hijo, que milagro”, “Papá, he venido a verlo para decirle que lo quiero mucho, que soy lo que soy por usted, por sus esfuerzos, por sus sufrimientos, por su dedicación a nosotros sus hijos (dos mujeres y un hombre). “Me duele en el alma no haberle dicho a mi madre lo mismo”.

Vino el almuerzo en un gran restaurante, la cena rápida y liviana al anochecer y la recostada temprana para el justo descanso físico y del alma. -“Padre, mañana vamos de compras por la tarde”. “Buena noche hijo”. –“Te quiero mucho papá!”

Al día siguiente mi tío no se levantó. Preocupados Guillermo y la empleada, resolvieron entrar a su habitación, estaba muriendo. Solo hubo tiempo para llevarlo a una clínica cercana. A la hora murió. Guillermo no tenía el teléfono de nadie, sus hermanas estaban en Venezuela. Al tío lo acompañaron hasta su última morada, Guillermo y unos pocos vecinos. En sus pies colocó las cenizas de su madre. 

Al día siguiente voló a Neiva, fue a buscar la única prima hermana que teníamos en Neiva: Lucy Santacoloma de Andrade y por ella llegó a nuestra casa. Abrazó a mi padre por demás muy parecido al suyo, y a solas me dijo, “Orlando: vengo a despedirme de mi tío”. Mi padre sufría dolorosa enfermedad. Hablamos buen rato antes de reunirnos con el resto de la parentela. “Me habría muerto si no hubiera venido a decirle a mi padre que lo quería y a darle las gracias por todo. 

Al poco tiempo falleció mi padre. No he vuelto a saber de Guillermo, lo recuerdo cuando escucho una canción de Julio Iglesias que se llama: “Me olvidé de vivir”. Se la dedicó a una de sus esposas que la perdió como dice su letra: “De tanto correr por la vida sin freno/ Me olvidé que la vida se vive un momento /De tanto querer ser en todo el primero/ Me olvidé de vivir los detalles pequeños”.

“Valorar a los padres en vida”, que mensaje tan bello y sencillo como muchos en la Internet.