jueves, 29 de octubre de 2020
Regional/ Creado el: 2020-10-17 11:10

Miriam, la vendedora de flores a la que le tocó dejar la pena a un lado

Cuando Luz Miriam Santofimio tenía 16 años, colocó un puesto de venta de flores en la carrera segunda con calle 21, allí, la necesidad la hizo desafiar la vergüenza de venderle rosas a sus compañeros del colegio y siguió con esa labor humildemente por muchos años más.

Luz Miriam convirtió la venta de flores en su oficio, para ella, éste le ayudó a llevar a sus hijos al colegio y a sobrevivir.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | octubre 17 de 2020

Por: Juan Manuel Macias Medina

Luz Miriam, terminó el bachillerato, y como cualquier joven que no sabe qué hacer con su vida, escuchó propuestas por parte de sus amigos y familiares, trabajó como niñera, y en un almacén de ropa. Pero no fue sino hasta sus 16 años, cuando decidió seguir la vocación de su abuela, la venta de flores. “Una señora me dijo, venga se hace aquí en el semáforo y saca la venta de flores, me hice allá, y comencé con unos clavelitos”, dijo Luz Miriam, con un poco de nostalgia al recordar aquella época en la que decidió lo que iba a ser por el resto de su vida, aunque no descarta algún otro “trabajito”.

Con unos “clavelitos”, como doña Miriam llama a la hermosa planta que se puede encontrar de diversos colores, y que además es la más vendida en el cementerio central de Neiva, inició su vida en el mundo de la venta de rosas, aunque para una joven que salió del colegio Departamental, ubicado cerca del sitio de rebusque, no era nada fácil.

30 años lleva la vendedora de flores a las afueras del Cementerio Central de Neiva.

“Cuando yo comencé, a mi me daba mucha pena, porque los estudiantes, que eran mis compañeros, pasaban y yo era la única que vendía ahí, yo estudiaba en el departamental”, dijo doña Miriam, a la que a mi parecer, no se le ha quitado mucho la pena, pues cuando contó la historia de sus inicios, retorcía su cuerpo como recordando lo que sentía.

Al preguntarle que si luego de 30 años, la pena era cuestión del pasado, dijo entre risas y con voz fuerte que sí. “Claro que si, a mí que me va a dar pena, yo digo que el trabajo no deshonra a nadie, peor que me vean robando”, expresó doña Luz Miriam, a la que no se le ha quitado del todo la pena, aunque esta vez no es por su trabajo, sino por contarle su historia de vida a un desconocido.

“Mis amigos de esa época, todavía vienen y me compran” contó doña Miriam, a la que sus manos ya se le ven un poco cansadas del gran desgaste que denota el abrir y cerrar de su mano para cortar los innumerables tallos de las flores que vende.

Aunque no le ha tocado nada fácil, la pandemia no ha logrado borrarle la sonrisa.

La pandemia no le borra la sonrisa

“eso que antes vendía mas, ahora por la pandemia me toca pedir poquitas flores porque la venta de nosotros era casi toda, a las personas que venían a traerle flores a sus seres queridos”, Dijo doña Luz Miriam, ya un poco más seria, pues para ella esto no es un chiste, en un fin de semana se vendía hasta 200 mil pesos, hoy en día, solo hace para la comida.

Cuando todo se tornaba un poco más serio, doña Miriam, saca una risotada y dice, “yo no me preocupo porque la misericordia de Dios nunca me va a faltar”, un poco confundido pedí una explicación, “a mí el gobierno no me ha ayudado, yo no sé porqué si yo soy una persona de bajos recursos, a mi me ayudaron a salir de esto fueron mis clientes”, respondió ya con un poco menos de seriedad la vendedora, lo que claramente indica que la actitud de empuje de Miriam, ha sido capaz hasta de salvarle la vida.

Entre risas también contó como a veces le ha tocado salir corriendo por los disparos, que con extrañeza realizan algunas personas en los entierros para despedir a sus seres queridos. “a veces vienen y echan bala, vienen pandillas, y lo sacan a uno corriendo, termina uno por allá abajo”, dijo la vendedora de 46 años, señalando hacia el occidente de la ciudad de Neiva, y con una risa que le ocasionan los recuerdos de aquellos días, en los que por una bala pudo haber perdido la vida.

Al finalizar, le pregunté por la manutención de sus tres hijos de 14, 16 y 18 años, y por su esposo. “están en el colegio, ya casi terminan, mi esposo trabaja cuidando los  5 puestos de flores que hay acá en el cementerio”, dijo con la sonrisa que caracteriza a una mujer que trabaja con su esposo. “Pero yo le pago también, una cosa no se puede confundir con la otra”, finalizó doña Miriam, luego de que le dijera que se ahorraba unos pesos con el celador de los puestos, y que además, es el papá de sus hijos.