viernes, 25 de mayo de 2018
Opinión/ Creado el: 2018-02-07 08:11 - Última actualización: 2018-02-07 08:13

Para salir de pobres

Escrito por: Jesús Andrés Vargas
 | febrero 07 de 2018

Si Colombia algún día quiere salir de ese título de país en vía de desarrollo, ese eufemismo utilizado para esconder una verdad incontrovertible como lo es, que somos un país subdesarrollado, pobre e inequitativo, tenemos que empezar por cambiar nuestro chip y dejar de pensar como lo estamos haciendo.

Esto significa entre otras cosas, que para salir de un estado de postración debemos dejar de creer que sólo podemos recibir, pero dar, ni de chiste.

Lo vemos a diario, en materia política y económica. Toda ayuda de Estados Unidos y la Unión Europea es bien recibida, no así el tratamiento que le hemos dada a la crisis venezolana.

Y es que ha costado bastante entender que así como algún día fuimos los que cruzamos la frontera en busca de mejores oportunidades, hoy les llegó el turno a los vecinos de patio.

Pero el recibimiento en pocos meses no ha sido el mejor, los brotes de xenofobia no se han hecho esperar, a los venezolanos se les acusa de los mismos delitos y errores que nos endilgan en otras partes del planeta.

El hotel Caracas ya se volvió toda una institución en la ciudad de Cúcuta, un escampado que sirve de dormitorio para cientos si no miles de personas en medio de todo tipo de vejámenes y violaciones a sus derechos humanos.

Pero no debemos generalizar, si bien es cierto la respuesta institucional ante la crisis no ha sido la mejor, la generosidad de la gente  no se ha hecho esperar, algunos venezolanos residentes en el Hotel Caracas dicen recibir hasta siete comidas al día, producto de las comunidades religiosas y civiles que se acercan con buen corazón en camionetas particulares repartiendo desde sopas hasta lasañas.  

Esto permite concluir que esa cultura asistencialista y del “todo gratis” nos ha sido inoculada, pero el talante colombiano se resiste a sucumbir ante ello. Aun persiste en nuestra memoria colectiva la filosofía de las abuelas que hacían rendir un sancocho cuando aparecían comensales de la nada bajo el argumento de que dónde comen dos comen tres. Esa solidaridad pura se ha transformado en mendicidad estatal, creando así la angustia de que los recursos limitados les deben ser dados solo algunos y en caso de que aparezcan otros actores se deben rechazar.

Las crisis humanitarias no conocen fronteras y la miseria humana no tiene pasaporte, para salir de pobres debemos empezar por repartir lo poco que tenemos para darnos cuenta que siempre hay alguien más necesitado que nosotros.

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