martes, 13 de noviembre de 2018
Contexto/ Creado el: 2018-01-09 09:19

Silva y Villalba: "Nos hubiera ido mejor como guerrilleros"

Como homenaje póstumo al maestro Rodrigo Silva, retomamos una crónica y entrevista que en su momento diera al periodista Ricardo Rondón para su blog ‘La pluma y la herida’ y en la que destacó la carrera honrosa de más 50 años en aras de la grandeza de la música colombiana; a su vez, el comunicador recalcó que Silva y Villalba no cuentan con pensión y seguridad social dignas.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | enero 09 de 2018

Ricardo Rondón Ch.
Fotos: Álbum Familiar de Rodrigo Silva

Por todas las vidas vividas y las muertes cercanas, Rodrigo Silva Ramos dice ser precavido al guardar entre una libreta de la mesita de noche el epitafio que él quiere que su familia le inscriba en la lápida.

Esta premisa estuvo a punto de ser cumplida en 2004, cuando al juglar de la música colombiana le practicaban una cirugía en la boca que duró veintitrés horas, la más insufrible y larga de las ocho que le han hecho desde 1999.

Aun así, Rodrigo Silva y Álvaro Villalba, del legendario dueto Silva y Villalba, celebraron, luego de varios aplazamientos y despedidas, pudieron celebrar cincuenta años de actividades musicales como uno de los hermanazgos más sólidos y aclamados del folclore de la región andina nacional. El escenario para dicha efemérides fue el Teatro ‘Jorge Eliécer Gaitán’.

Dos días antes, la empresa encargada del concierto convocó a los periodistas del espectáculo a una cita con los homenajeados. El sinsabor a este llamado dio grima: Solo cuatro reporteros acudieron: dos de la provincia cundinamarquesa, Caracol Noticias solo envió el cámara y, como dato curioso, una emocionada joven estudiante de Comunicación Social, Leidy Katherine García, que por arraigo y crianza cultiva desde niña el gusto y la afición por la música que nos pertenece, se las ingenió esa tarde para ingresar al teatro y tomar impresiones de sus ídolos.

Debe ser insuficiente para los reporteros modernos la grandeza y sabiduría de los de antes comparada con la ligereza y la banalidad de los nuevos. Pero no cargan solos con esa ignorancia quienes ejercen la infantería de la noticia, como sus editores que pasan de agache los 50 años del dueto que le ha dado lustre y orgullo a la música colombiana, con el argumento de que eso no vende, que esa melodía hidrográficahace tiempo que pasó de moda, y que de los escasos que insisten en que sobreviva, se encarga el Festival Mono Núñez, en Ginebra (Valle), o el Festival Príncipes de la Canción, en Ibagué (Tolima).

En la radio, menos. Tiene razón de dolerse Rodrigo Silva Ramos, no sólo de las soberbias y los cataclismos del músculo y la sangre testimoniadas en varias cicatrices entre pecho y espalda, sino de esas bragaduras del alma que solo las cierra la parca, las de la desmemoria y la insensibilidad ante un patrimonio enorme que él y su compañero de bregas, Álvaro Villalba (85 años), con el brazo izquierdo inerte por una isquemia cerebral, sellaron hace medio siglo en una refresquería de El Espinal, donde coincidieron por aparte con sus tiples y guitarras.

Menos mal que Rodrigo Silva Ramos heredó de su pariente José Eustasio Rivera - primo hermano de su abuelo paterno- la vena narrativa para dejar como legado la memoria del dueto, pero también de sus cuitas y sus satisfacciones personales, de sus inicios en la música cuando interpretaba vallenatos en un acordeón prestado en el Colegio San Luis Gonzaga, de Facatativá, y en los Telefunken alemanes de nueve bandas se oían melodías pegajosas como La totumaEl hombre marinero y Pomponio, y el aire era más respirable y el día transcurría con menos prisas.

Huérfano de padre al año y medio de nacido, solo, sin nadie que le dictara cátedra, ni siquiera conocimientos básicos, Silva Ramos aprendió por su cuenta a ejecutar una veintena de instrumentos: acordeón, piano, órgano, arpa, tiple, bandola, guitarra, cuatro y demás, y a interpretar con ellos las músicas propias de diferentes regiones, y más allá de las fronteras, la ranchera, el huapango y los corridos de la revolución mexicana.

A muy temprana edad, a los quince años, cuando todavía los muchachos no estaban autorizados para echarse los pantalones largos, Silva quedó matriculado con el dueto y el repertorio de los andes colombianos, a partir de la invitación que le hizo un tío alcahuete a su finca de Usme, donde habían sido contratados para un ágape nadie más ni nadie menos que Garzón y Collazos. Esas voces, esas canciones profundas y agradecidas, marcaron sobremanera al jovencito como para que se uniera a un contemporáneo que coincidía con sus gustos, Henry Faccini, de ascendencia italiana, con quien formó su primer dueto, Silva y Faccini.

Años más tarde, en 1966, justo para unas celebraciones sampedrinas en El Espinal, conocería a Álvaro Villalba, quien curiosamente integraba el Dueto Guzmán y Villalba. Y eso fue como amor a primera vista: afinaron cuerdas, intercambiaron compañeros y se soltaron a desgranar las páginas interminables de un cancionero que, la clientela conmocionada por el talento de los muchachos, no daba tregua en agotar.

A partir de esa época, Silva y Villalba emprendieron un camino que no siempre estuvo sembrado de rosas. La primera frustración fue en 1968, cuando Los Caracoles de Barranquilla, por influencias comerciales y políticas del compositor Eduardo Cabas (padre de Andrés Cabas), les arrebataron la Orquídea de Plata Philips, el galardón más honroso y preciado que se le concedía a un artista. Villalba desertó del dueto y se fue disgustado al Espinal.

El distanciamiento duró apenas seis meses. En la radio no paraba de sonar Viejo Tolima, el éxito generacional de Silva Ramos, inspirado en el éxodo que tuvieron que padecer sus tíos cuando la godarria y su tenebroso ejército de chulavitas los despojó de su hacienda cafetera, La estrella, en el Tolima, la misma donde él de niño iba a montar a caballo y a soslayarse en solitario a la sombra de una acacia, con los primeros arpegios del tiple, que él que quisiera ver colgado en la pared, al frente de su lecho, antes de expirar.

Retomaron el curso musical con la grabación que los dio a conocer en el país, un acetato del sello Philips bajo el título de Viejo Tolima, y otras joyas como Oropel, Pescador, lucero y ríoParedes viejasLos guaduales, y lo más representativo de los grandes pilares de la música colombiana: José A. Morales, José Barros y Jorge Villamil. Ese fue el inicio de un rico inventario discográfico, doce en vinilo y veintiocho en Cd., para un total de cuarenta producciones con la misma casa que los acogió, y la emisora que respaldaba a pundonor los talentos nacionales: Radio Santa Fe.

La penosa enfermedad

Nadie más que Rodrigo Silva Ramos para reafirmar con creces el libreto trágico que le ha planteado el destino y que él ha seguido al pie de la letra, con humildad, pero con coraje, sin escatimar los esfuerzos y los recursos imaginarios para salir airoso de los embates del cuerpo y del espíritu, hoy a la orilla de sus años, varias veces campaneado por la muerte, con ocho complejas y dolorosas operaciones, con un par de ruinas intermedias, pero con la voluntad y la fe para no darse por vencido, y la resignación para seguir aceptando lo que venga, hasta que el Dios al que se encomienda cada que aclara el día, lo llame definitivamente a cuentas.

Por eso no cesa de afinar el tiple y de entonar sus melodías. Lo hace en su casa de Ibagué, rodeado de su última mujer, María Carolina del Río y de Juan David, de doce años, el menor de sus retoños. No para de cantar y de escribir.

La rúbrica musical para la posteridad está impresa en el disco conmemorativo de los 50 años, con veinte éxitos en sus versiones originales, pero remasterizados, entre los que sobresalen: Mi viejo Tolima, Oropel, Al sur, Llamarada, Espumas, El barcino (que es el himno oficial del conflicto armado), y Se murió mi viejo, dedicado al padre que la vida le privó cuando apenas era un crío de pañales, entre otras.

Que tenga listo su epitafio, vaya uno a saber, agrega Silva, no quiere decir que haya hecho un alto en su cometido musical. Cuando le agendan presentaciones, y ante la imposibilidad en tarima de Álvaro Villalba, llama a los Hermanos Tejada para que lo acompañen. De hecho dice que ellos serían sus dignos sucesores, sin descartar en la lista al Dueto Los Inolvidables.

En palabras del maestro

¿Qué tiene el tiple que canta y que encanta a juglares curtidos como usted?

“El tiple es uno de los instrumentos de acompañamiento más agradables al oído, que se puede utilizar como armónico o melódico”.

¿Cómo se llevan el tiple y la bandola? ¿Pinta bien ese matrimonio?

“En la música instrumental, son pareja inseparable”.

¿Cree que por su pariente José Eustasio Rivera se le encendió a usted el bombillo de la escritura?

“Es muy posible”.
“Siempre lo hice, más que todo a las novias, que no fueron pocas”.¿Les escribía sonetos enamorados a las muchachas de su adolescencia?

Fuera de la inspiración y de la música, ¿de qué otra manera opera la nostalgia en un hombre tan sensible y creativo como usted?

“La niñez, la pobreza, el desempleo, la forma superficial de enseñanza en los planteles. Todo esto me hace fluir la inspiración de vez en cuando”.

Hablemos de la radio, maestro, ese aparato generacional que nos enseñó a descubrir en épocas pretéritas la belleza de nuestra música, cuando de niños creíamos que los músicos iban metidos dentro.

“Eso también me da nostalgia: la radio y los medios en general son los culpables de los cuidados intensivos en que se encuentra la música tradicional colombiana”.

¿Se puede decir que Álvaro Villalba, más que un compañero de lides musicales, hace tiempo que es como un hermano suyo?

“Hace 50 años que es mi compañero, socio y hermano”.

“La pasividad con que ve los problemas de corrupción y pobreza, que día tras día es producida por sus gobernantes”.¿Qué no le perdona a este país, maestro?

De todos los males mayores, ¿la ingratitud? Nadie más que usted que la ha sufrido, ¿verdad?

“50 años de labores musicales llevando con orgullo la bandera nacional por varios rincones del mundo y el gobierno no acepta pensionarnos. Nos hubiera ido mejor como guerrilleros: hoy tendríamos pensión, casa propia, territorio especial y derechos para ser hasta presidentes de la república”.

¿Cómo reivindicar el buen gusto y el amor de la música que nos identifica?

“El día que los medios hablados y escritos dejen sus intereses únicamente comerciales e involucren amor a lo nuestro, ese día será la resurrección de la música vernácula, pero lo veo cada vez más lejano”.

¿A qué ha renunciado definitivamente?

“A nada, porque soy consciente de que las cosas llegan en cualquier momento”.

¿En paz con Dios, con los suyos y con sus semejantes?

“En paz con todos y agradecido con Dios por permitirme perdonar”.

El adiós al maestro

Rodrigo Silva, falleció a sus 72 años en la clínica Medicadiz en la ciudad de Ibagué luego de padecer un cáncer de garganta desde hace un par de décadas. Integrante del famoso dueto de música colombiana Silva y Villalba, junto a Álvaro Villalba.

En su repertorio musical existen más de 500 canciones y compuso un centenar más. Aunque nació en Huila, llevó a cabo su carrera desde el departamento de Tolima, donde enfrentó también sus años más difíciles, desde cuando le fuera diagnosticado el cáncer que lo tuvo al borde de la muerte en varias ocasiones.

A pesar de que el cáncer tocó el órgano más importante para su oficio, su garganta, y que en muchas ocasiones le dijeron que tal vez no podría volver a cantar, y quizás ni hablar, el maestro Silva lo volvió a hacer una y otra vez.

A lo largo de los últimos años fueron múltiples los homenajes que recibió, pero también los padecimientos que sufrió debido a su situación económica. Su primer disco se llamó Viejo Tolima, con 6 canciones del maestro huilense Jorge Villamil. Paz en su tumba.

 

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