jueves, 29 de octubre de 2020
Opinión/ Creado el: 2020-09-26 12:50

SINCERIDAD EN EL COMPROMISO CON JESUS.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | septiembre 26 de 2020

Por el P. Toño Parra Segura                                                     [email protected]

Otra vez en este Domingo 26 del Tiempo Ordinario está la invitación  de “ir a trabajar en la Viña” específicamente a los hijos que se supone son también propietarios.

Está dirigida esta parábola a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo para destacar la verdadera y falsa conversión, la verdadera y falsa obediencia y el falso o el verdadero amor. La mentalidad y actitud corresponde a los que dijeron sí a las promesas y no a las realidades; en consecuencia ellos no cumplieron la voluntad del Padre. Los pecadores públicos o publicanos y las prostitutas que eran indiferentes en materia religiosa se dejaron impresionar por la predicación del Bautista y aunque primero dijeron que no, cambiaron su vida y se convirtieron; así que por su respuesta en obras van a entrar de primeros en el Reino de Dios.

Dios pide siempre la sinceridad, porque la primera piedra para edificar una amistad profunda con Dios es tener sinceridad y coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. En las escrituras ninguno de los amigos de Dios era perfecto. Si la perfección fuera un requisito para ser amigo suyo, nunca podríamos serlo. Sigue siendo ventajoso para todos que Jesús todavía sea “amigo de pecadores”.

La parábola de los dos hijos es contundente. El que fue a trabajar cumplió la voluntad del Padre, a pesar de su inicial negativa, y al contrario el segundo.

Los fariseos dijeron sí a la ley, pero dijeron no a lo anunciado por la ley. Hay profesionales del sí, que viven en perpetuo no; es la religión de la buena conciencia pero vacía de contenidos.

La parábola no es un elogio de la inmoralidad  ni en el hijo que dijo no, ni en los publicanos y prostitutas. Es el elogio a la sinceridad del hombre frente a las llamadas de la gracia de Dios. 

Los amigos de Dios en la Biblia fueron sinceros: Moisés, Abraham, David, Jeremías, Job, todos discutieron con sinceridad con Dios y El los consideró como amigos.   

La sociedad nuestra y en ella estamos metidos, tiene dificultades en el lenguaje; hoy las palabras perdieron su sentido y como el compromiso se expresa con  palabras, fallamos con los hombres y con Dios.

Dios se aburre con los clichés tradicionales de palabras, ritos, ceremonias y holocaustos que se quedan en la superficialidad y no cambian el corazón. El salmo 12 habla de aquellos de “labios mentirosos y de lengua orgullosa; de los que dicen: la lengua es nuestra fuerza, nuestros labios nos defienden” porque ha desaparecido la lealtad entre los hombres, hablan con labios embusteros y no hacen más que mentir a su prójimo”.

Dijimos sí desde el Bautismo y cambiamos de Iglesia, de mentalidad y de actitud frente a quien nos acogió en su seno.

Dijimos sí el día del matrimonio y a los dos meses pudo más la propaganda, la infidelidad, la separación y el adulterio, porque se creyó que el compromiso era de un rato, para una ceremonia  y para quedar en unas fotografías de prensa.

Dijimos sí a la honradez y nos volvimos tramposos, desagradecidos y enemigos de aquellos que nos dieron la mano.

Cuando recibimos la Hostia decimos Sí, que es el “Amén” y vivimos odiando al prójimo y hablando mal de el.

Nos dimos la “paz” en las Eucaristías y duró hasta las puertas del templo, porque por fuera repetimos los rencores, las envidias y la venganza.

Aquellos que no repiten tantas apariencias, al final resultan mejores que nosotros,  porque Dios no mira las apariencias sino la sinceridad del corazón. Los paganos le siguen respondiendo mejor al Señor aunque le hayan dicho primero que no, y los cristianos seguimos en un ateísmo práctico.

“Obras son amores y no buenas razones”, eso lo repite el Señor en la parábola de los dos hijos. Cuidémonos de las apariencias de los que “dicen y no hacen”, de aquellos que hablan y no dejan hablar, porque su autosuficiencia les impide ver su equivocación. Que nuestro “sí” sea como el de María, sencillo y comprometido aunque no entendamos nada. Que el lenguaje del Chapulín colorado no se convierta para nosotros en regla de vida. Comprometámonos con la vida en la sinceridad de las palabras.