domingo, 22 de julio de 2018
Opinión/ Creado el: 2018-07-11 07:55 - Última actualización: 2018-07-11 07:56

Una cultura marcada por la corrupción

Escrito por: Froilán Casas
 | julio 11 de 2018

En lectura antropológica cristiana del hombre decimos que el ser humano está inclinado al pecado, es decir, al mal. Es verdad que Dios todo lo creó bueno y el hombre en concreto según el plan del Creador, está llamado a practicar el bien. Sin embargo, el Maligno le presenta el mal como un bien, por eso cae en el pecado o mal moral. Es la Revelación centrada en el Hijo de Dios hecho hombre, quien le muestra al hombre inclinado al pecado, el modelo humano, el hombre perfecto, sin tacha, Jesucristo. Él es el referente absoluto del bien. Pues bien, la corrupción no es solo un delito grave, es un pecado que clama justicia al cielo. El hombre moderno ha perdido la conciencia del pecado y ve la corrupción no como un mal, sino como una “forma de vida”. A todo le quiere sacar tajada, no se contenta con el sueldo, con la ganancia en el negocio, sino que sobrepasa todo parámetro por su ambición desmedida. Es decir, la ambición no tiene límites. El libro Santo nos dice: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su alma?”. Hay personas que no tienen sino un único norte: enriquecerse a como dé lugar; si tiene que engañar a su propia madre no tiene reato de culpa. Esa persona hipoteca su alma por un plato de lentejas. El dinero proveniente de la deshonestidad, no luce. La persona avarienta y ambiciosa, con frecuencia no puede dormir, sus bienes lo trasnochan y sufre por no haber ganado lo esperado por su desmedida ambición. Su análisis económico va siempre en proporción geométrica: gana veinte y quiere cuarenta, luego ochenta, posteriormente ciento ochenta y así sucesivamente. Hay personas cuya zona erógena es la sed de dinero. No se fíe del ambicioso, mañana lo puede engañar. El único código moral que maneja es la ganancia económica. El ambicioso es huraño y mezquino, es asqueroso, es una porquería. Ese espécimen nunca se conduele ante quien sufre o ha padecido una desgracia; tiene un corazón de piedra. El corrupto tiene esas características descritas. Por más que tenga dinero no puede dormir en dos camas a la vez; viajar en dos autos a la vez; comer dos platos a la vez. No censuro a quien tiene dinero, censuro al avaro. Al empresario que invierte generando trabajo, lo llamo constructor de paz; quien se gana el dinero con el sudor de la frente, es quien construye un país; el zángano es constructor de pobreza. El libro Santo censura a quien no hizo producir los talentos que Dios le dio. No se trata de dar pescado, se trata de enseñar a pescar. Con el dinero de los pobres, programas asistenciales de los diferentes gobiernos se han cometido las más flagrantes injusticias; el dinero robado a los niños, enfermos y ancianos, clama al cielo: quien lo hace es un indeseable de la sociedad. Si no tuviéramos el cáncer de la corrupción en Colombia, no necesitaríamos por años, una reforma tributaria. Dinero hay, son algunos ordenadores de gasto que no conocen límite en la desaforada ambición.

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